Las virtudes morales se adquieren mediante las fuerzas humanas. Son los frutos y los gérmenes de los actos moralmente buenos. Disponen todas las potencias del ser humano para armonizarse con el amor divino.

La dimensión moral de la persona incluye la vivencia de las virtudes morales. Una virtud es un buen hábito. Una persona virtuosa es una persona buena, habitualmente buena, tiene costumbres buenas, se porta bien. Si las virtudes teologales tienen que ver con Dios directamente- son la fe, la esperanza, la caridad; las virtudes morales son formas de ser y vivir habitualmente bien, que forman la fisonomía de una persona buena, pero no tienen que ver directamente con Dios. Son virtudes humanas que componen lo que llamaríamos una buena y auténtica mujer. Si se quiere formar una personalidad íntegra, hay que trabajar en el cultivo y formación de estas virtudes.
“Todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta” (Flp 4, 8). La virtud es una disposición habitual y firme a hacer el bien que permite a la persona no sólo realizar actos buenos, sino dar lo mejor de sí misma. Con todas sus fuerzas sensibles y espirituales, la persona virtuosa tiende hacia el bien, lo busca y lo elige a través de acciones concretas. “El objetivo de una vida virtuosa consiste en llegar a ser semejante a Dios” (San Gregorio de Nisa, beat. 1)
La prudencia es la virtud que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo: “El hombre cauto medita sus pasos” (Prov 14, 15). La prudencia es la regla recta de la acción, escribe Santo Tomás (Suma de Teología II-II, 47, 2), siguiendo a Aristóteles. No se confunde ni con la timidez o el temor, ni con la doblez o la disimulación. Es la prudencia quien guía directamente el juicio de conciencia. El hombre prudente decide y ordena su conducta según este juicio. Gracias a esta virtud aplicamos sin error los principios morales a los casos particulares y superamos las dudas sobre el bien que debemos hacer y el mal que debemos evitar.
Por lo mismo, nos es indispensable adquirir esta virtud y practicarla en nuestra vida, especialmente si queremos aspirar a la vida espiritual, a la santidad. La prudencia requiere un gran espíritu de reflexión: quien no es capaz de analizar los problemas y valorar el bien y el mal en ellos, no puede tomar decisiones prudentes: “Prudente es quien sabe callar una parte de la verdad cuya manifestación sería inoportuna; y que callada no daña a la verdad que dice falsificándola; el que sabe lograr los buenos fines que se propone, escogiendo los medios más eficaces de querer y obrar; el que en todos los casos sabe prever y medir las dificultades opuestas y contrarias, y sabe escoger el camino del medio con dificultades y peligros menores; el que habiéndose propuesto un fin bueno e incluso noble y grande no lo pierde nunca de vista, logra superar todas las dificultades y llega a buen término; el que en todo asunto distingue la sustancia y no se deja importunar por los accidentes; el que une y dirige sus fuerzas para alcanzar la meta; el que como base de todo esto espera el éxito únicamente de Dios, en quien confía; y aunque no lo logre todo o no logre nada, sabe que ha obrado bien, y en todo ve la voluntad y la mayor gloria de Dios. La sencillez no tiene nada que contradiga a la prudencia, ni viceversa. La sencillez es amor; la prudencia, pensamiento. El amor ora, la inteligencia vigila. ‘Vigilate et orate’. Conciliación perfecta. El amor es como la paloma que gime; la inteligencia activa es como la serpiente que nunca cae a tierra, ni tropieza, porque va palpando con su cabeza todos los estorbos de su camino” (Beato Juan XXIIDiario del alma, 13 de agosto de 1961).
Por ello es indispensable no dejarse llevar por las impresiones provocadas por los sentimientos y las pasiones. Una regla concreta y práctica para tomar decisiones importantes, que tengan que ver con la propia vida o la de los demás es esta: para tomar las decisiones es preciso esperar los mejores momentos, es decir cuando hay serenidad y claridad; y nunca hay que replantearse tales decisiones en los momentos negativos, de oscuridad, dificultad, prueba, agitación de las pasiones o en presencia de sentimientos turbulentos.
En todos los aspectos de la vida es indispensable obrar con prudencia, y evitar, en la medida de lo posible, opciones equivocadas, provocadas por los engaños de las pasiones, de los sentimientos, o del egoísmo: "No es prudente, como se pretende con frecuencia, el que sabe situarse en la vida y sacar de ella el mayor provecho, sino el que sabe construir su vida según la voz de la recta conciencia y según las exigencias de la justa moral" (Juan Pablo II, 25-X-1978)..
La prudencia requiere muchas cualidades y virtudes. No se reduce a una capacidad de reflexión. Es muy importante lo que podríamos llamar la "afinidad con el bien". Es decir, ser hombres que practican siempre el bien, no sólo que conocen el bien, sino que están acostumbrados a practicarlo. Esta es una cualidad de la voluntad, que acostumbra optar por el bien. El que habitualmente obra según el bien, según la ley de Dios, adquiere una mayor afinidad, una predisposición natural de la voluntad hacia lo que es bueno. En los momentos difíciles, cuando no aparece tan claro el camino del bien, esta predisposición de la voluntad puede favorecer mucho la intuición de lo que debería ser el bien y ayuda a emitir un juicio "prudente"
La justicia es la virtud moral que consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido. La justicia para con Dios es llamada la virtud de la religión. Para con los hombres, la justicia dispone a respetar los derechos de cada uno y a establecer en las relaciones humanas la armonía que promueve la equidad respecto a las personas y al bien común. El hombre justo, evocado con frecuencia en las Sagradas Escrituras, se distingue por la rectitud habitual de sus pensamientos y de su conducta con el prójimo. “Siendo juez no hagas injusticia, ni por favor del pobre, ni por respeto al grande: con justicia juzgarás a tu prójimo” (Lv 19, 15). “Amos, dad a vuestros esclavos lo que es justo y equitativo, teniendo presente que también vosotros tenéis un Amo en el cielo” (Col 4, 1).
“Todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta” (Flp 4, 8). La virtud es una disposición habitual y firme a hacer el bien que permite a la persona no sólo realizar actos buenos, sino dar lo mejor de sí misma. Con todas sus fuerzas sensibles y espirituales, la persona virtuosa tiende hacia el bien, lo busca y lo elige a través de acciones concretas. “El objetivo de una vida virtuosa consiste en llegar a ser semejante a Dios” (San Gregorio de Nisa, beat. 1)
La prudencia es la virtud que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo: “El hombre cauto medita sus pasos” (Prov 14, 15). La prudencia es la regla recta de la acción, escribe Santo Tomás (Suma de Teología II-II, 47, 2), siguiendo a Aristóteles. No se confunde ni con la timidez o el temor, ni con la doblez o la disimulación. Es la prudencia quien guía directamente el juicio de conciencia. El hombre prudente decide y ordena su conducta según este juicio. Gracias a esta virtud aplicamos sin error los principios morales a los casos particulares y superamos las dudas sobre el bien que debemos hacer y el mal que debemos evitar.
Por lo mismo, nos es indispensable adquirir esta virtud y practicarla en nuestra vida, especialmente si queremos aspirar a la vida espiritual, a la santidad. La prudencia requiere un gran espíritu de reflexión: quien no es capaz de analizar los problemas y valorar el bien y el mal en ellos, no puede tomar decisiones prudentes: “Prudente es quien sabe callar una parte de la verdad cuya manifestación sería inoportuna; y que callada no daña a la verdad que dice falsificándola; el que sabe lograr los buenos fines que se propone, escogiendo los medios más eficaces de querer y obrar; el que en todos los casos sabe prever y medir las dificultades opuestas y contrarias, y sabe escoger el camino del medio con dificultades y peligros menores; el que habiéndose propuesto un fin bueno e incluso noble y grande no lo pierde nunca de vista, logra superar todas las dificultades y llega a buen término; el que en todo asunto distingue la sustancia y no se deja importunar por los accidentes; el que une y dirige sus fuerzas para alcanzar la meta; el que como base de todo esto espera el éxito únicamente de Dios, en quien confía; y aunque no lo logre todo o no logre nada, sabe que ha obrado bien, y en todo ve la voluntad y la mayor gloria de Dios. La sencillez no tiene nada que contradiga a la prudencia, ni viceversa. La sencillez es amor; la prudencia, pensamiento. El amor ora, la inteligencia vigila. ‘Vigilate et orate’. Conciliación perfecta. El amor es como la paloma que gime; la inteligencia activa es como la serpiente que nunca cae a tierra, ni tropieza, porque va palpando con su cabeza todos los estorbos de su camino” (Beato Juan XXIIDiario del alma, 13 de agosto de 1961).
Por ello es indispensable no dejarse llevar por las impresiones provocadas por los sentimientos y las pasiones. Una regla concreta y práctica para tomar decisiones importantes, que tengan que ver con la propia vida o la de los demás es esta: para tomar las decisiones es preciso esperar los mejores momentos, es decir cuando hay serenidad y claridad; y nunca hay que replantearse tales decisiones en los momentos negativos, de oscuridad, dificultad, prueba, agitación de las pasiones o en presencia de sentimientos turbulentos.
En todos los aspectos de la vida es indispensable obrar con prudencia, y evitar, en la medida de lo posible, opciones equivocadas, provocadas por los engaños de las pasiones, de los sentimientos, o del egoísmo: "No es prudente, como se pretende con frecuencia, el que sabe situarse en la vida y sacar de ella el mayor provecho, sino el que sabe construir su vida según la voz de la recta conciencia y según las exigencias de la justa moral" (Juan Pablo II, 25-X-1978)..
La prudencia requiere muchas cualidades y virtudes. No se reduce a una capacidad de reflexión. Es muy importante lo que podríamos llamar la "afinidad con el bien". Es decir, ser hombres que practican siempre el bien, no sólo que conocen el bien, sino que están acostumbrados a practicarlo. Esta es una cualidad de la voluntad, que acostumbra optar por el bien. El que habitualmente obra según el bien, según la ley de Dios, adquiere una mayor afinidad, una predisposición natural de la voluntad hacia lo que es bueno. En los momentos difíciles, cuando no aparece tan claro el camino del bien, esta predisposición de la voluntad puede favorecer mucho la intuición de lo que debería ser el bien y ayuda a emitir un juicio "prudente"
La justicia es la virtud moral que consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido. La justicia para con Dios es llamada la virtud de la religión. Para con los hombres, la justicia dispone a respetar los derechos de cada uno y a establecer en las relaciones humanas la armonía que promueve la equidad respecto a las personas y al bien común. El hombre justo, evocado con frecuencia en las Sagradas Escrituras, se distingue por la rectitud habitual de sus pensamientos y de su conducta con el prójimo. “Siendo juez no hagas injusticia, ni por favor del pobre, ni por respeto al grande: con justicia juzgarás a tu prójimo” (Lv 19, 15). “Amos, dad a vuestros esclavos lo que es justo y equitativo, teniendo presente que también vosotros tenéis un Amo en el cielo” (Col 4, 1).

